VV.AA. (Ed. Carmen Moreno).
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Hablamos de todo aquello que nos interesa, sobre todo Literatura y sobre todo Fantástica. Lo nuestro son reseñas, no crítica literaria. Sólo razonamos nuestras opiniones, subjetivas y particulares, de lo que nos gusta y de lo que no.
Sombras sobre Baker Street.La Factoría de Ideas. Col. Solaris Terror # 29. Madrid, 2006. Título original: Shadows over Baker Street. Traducción: Paz Fernández-Xesta Cabrera . 352 páginas.
Nos encontramos ante un libro que une dos mundos bastante diferenciados. Por un lado tenemos a los seguidores de H.P.Lovecraft, acostumbrados a un terror hacia lo desconocido y agobiante, donde la lógica parece no existir, y por el otro a los de Sir Arthur Conan Doyle, que disfrutan de un mundo en el que la lógica es la base para solucionar casos. Sombras sobre Baker Street es un libro en el que tenemos relatos cortos que sitúan al mejor detective del mundo frente a situaciones del universo creado por Lovecraft en La llamada de Cthulhu. Numerosos autores de prestigio dentro del mundo del terror, la fantasía o la ciencia ficción tales como Poppy Z. Brite, Barbara Hambly, Tim Lebbon o Brian Stableford, se reúnen para ofrecernos relatos cortos sobre cómo situarían al conocidísimo consultor de Scotland Yard dentro del mundo creado por Lovecraft. Entre ellos destacaría el relato de Neil Gaiman, autor de The Sandman, American Gods o Los Hijos de Anansi, titulado “Estudio en esmeralda” (guiño a Estudio en escarlata, la aventura en la que el doctor Watson y Sherlock Holmes se reúnen por primera vez) en la que el nuevo ocupante del 221B de Baker Street ya no es el Doctor John H. Watson. Dicho relato le propició a Gaiman el premio Hugo en el 2004, siendo una historia que cuanto menos, resulta atractiva.
Considerando que nos encontramos ante múltiples autores dentro de una misma obra, desconociendo este hecho sería difícil adivinarlo. Cada relato está empapado de la misma atmósfera sombría que encontraríamos leyendo a Lovecraft y podríamos afirmar que la parte referente a Sherlock Holmes pudiera ser obra póstuma de Conan Doyle, viendo la misma esencia de los personajes, e imitando los detalles previos a los casos de Holmes, como encontrarlo en su estudio fumando en su pipa y anticipando la llegada del inspector Lestrade u obteniendo datos sobre la procedencia de sus visitantes con el mero hecho de observar pequeños detalles en sus ropas. Cualquier seguidor de las historias de Holmes, y ligeramente interesado en cuentos de terror, posiblemente quedará satisfecho en el tratamiento que se le ha dado a los personajes, e incluso con el estilo literario que han usado en cada parte. Los interesados en Lovecraft, van a encontrar detalles claramente reconocibles, y referencias continuas a personajes y criaturas que habitan su siniestra obra.
Dentro de la cronología del relato, cabe indicar que los mismos Holmes y Watson que encontramos en la primera historia no son los mismos que encontramos en las siguientes, como si se tratara de versiones alternativas, cada autor ha trasladado a los personajes al mundo de horror de Lovecraft siguiendo su propio criterio, a mi parecer muy acertadamente, llegando a ser desde los clásicos compañeros hasta completos desconocidos. Ése es un punto añadido a la originalidad, así como que no siempre es Holmes quien protagoniza las historias, algunas de ellas están basadas en el propio Doctor Watson, Mycroft (hermano de Holmes, sorprendentemente, más inteligente que él) o cómo no, el Doctor James Moriarty, su eterno archienemigo. ¿Cómo incluir la fantasía de Lovecraft? Pues contando con la presencia del Necronomicón, referencias al propio Cthulhu, al árabe loco, Abdel Alhazred, o a los famosos primigenios, esperando su regreso a nuestro mundo.
¿Qué se le puede reprochar a un libro así? La respuesta es fácil. Tenemos un libro de cuentos cortos escritos por varios autores. Lógicamente cada autor escribe como sabe, y basándose en sus propias preferencias, por lo que tenemos unas historias que se centran más en unos aspectos de la mezcla. Podemos encontrar relatos basados casi plenamente en las aventuras del detective que tienen el mito de Cthulhu como algo muy secundario, y otros que reflejan obsesión compulsiva por el mismo. Asimismo, son historias cortas. Algunas de ellas parecen escritas bajo presión, vemos la introducción al caso, una mínima trama y el desenlace. En el caso de algunas historias, dan ganas de que se prolonguen, ya que consiguen introducirnos completamente en el mundo sombrío de Lovecraft, y cuando crees que la historia puede dar un giro te encuentras con que al detective ya no le hacen falta más pistas, y al volver la página ves cómo ha resuelto el caso.
En cuanto al estilo, habría que leer la versión original para poder apreciar matices entre los diversos autores, pero como ya he indicado antes, produce la sensación de estar leyendo a Conan Doyle. Tienes textos simples, redactados de una forma pulcra y descriptiva, cuando de repente empieza el estilo agobiante de Lovecraft y sientes como algo ha pasado en el texto, sobrecargado con la adjetivación. En otros encuentras el punto perfecto de mezcla de ambos mundos, siendo éstas las historias que más puede agradecer un lector que desconoce ambas obras. Ya sea por curiosidad o interés en los personajes o situaciones, es un libro que no resulta pesado, resultaría extraño que varios autores que utilizan dos temáticas basadas en lo misterioso y lo desconocido cayeran en ese error.
Rodolfo Martínez.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Alamut. Madrid, 2008. 348 páginas.
Cuarta y (aparentemente por las palabras del propio autor) última entrega que Rodolfo Martínez dedica a glosar aventuras inéditas de Sherlock Holmes. Después de habernos ofrecido una versión casi crepuscular del detective británico, en esta ocasión el lector tendrá la ocasión de asistir a un episodio de su juventud, en un más que curioso periplo por el Oeste americano.
Se podría considerar que este libro es, en realidad, dos novelas en una, dada la separación temática, estilística y temporal de las dos líneas narrativas. Por un lado nos encontramos con las partes 1, 3 y 4, donde el lector asiste al intento de William Hudson, fallecido ya Holmes, de investirse de su manto y de desbaratar los megalomaniacos planes del misterioso villano conocido como Nadie; un intento que le llevará desde su residencia en Inglaterra, pasando por Dallas en una desesperada tentativa de evitar el asesinato de JFK, llegando hasta Tunguska y Manchuria, donde deberá enfrentarse a inesperados giros y revelaciones. Por otro lado, la parte 2, que da además título a todo el volumen, es la única en la que Holmes aparece realmente (aunque su espíritu flote con intensidad también sobre todo el resto); embarcado en una especie de viaje iniciático o de auto conocimiento, un joven Holmes forma parte de una troupe teatral que recorre los pueblos del Oeste americano ofreciendo su repertorio shakesperiano y donde hace gala de su maestría en el arte del disfraz, sin embargo, cuando la resolución de un misterio se cruce en su camino no dudará en abandonar el grupo y así, durante una investigación en la que Holmes empezará a pulir sus dotes detectivescas y adquirirá algunos de sus vicios o manías, el lector podrá asistir en primera persona a la génesis, a los terribles hechos que llevarán al surgimiento de la figura más tarde conocida como el Heredero de Nadie.
Dos novelas en una: la primera, que se lleva la parte del león del volumen, es una historia de espías, típica de la Guerra Fría, de agentes dobles, de enfrentamientos supra nacionales, de malos megalomaniacos, de imposibles asaltos a guaridas secretas y de intentos de dominación mundial muy en plan James Bond y similares; una historia casi pulp, en la que se mezclan hábilmente los servicios secretos británicos con una buena cantidad de personajes literarios de los que sin duda poblaron las lecturas de juventud del propio autor, con su especial homenaje a la Sociedad de la Justicia de América o al propio Batman. La segunda, El Heredero de Nadie propiamente dicha, es donde el lector disfruta de un relato de “vaqueros”, con esos amplios, inabarcables horizontes a través de los cuales los protagonistas cabalgan en pos de un incierto destino, cruzándose con personajes rudos y de gatillo fácil, y que retrotraen la memoria a comics como Las Aventuras del Teniente Blueberry o a los libros de Zane Grey (que no sé si Martínez tendría en la cabeza, pero que desde luego venían irremediablemente a la mía). Desde luego, un impresionante ejercicio literario (metaliterario, incluso) coronado con indudable éxito, a pesar de la evidente deriva del más canónico “corpus holmesiano”, del que el autor se desvincula en esta ocasión casi totalmente para ofrecer un relato que se alza muy por encima de la figura del detective creado por Conan Doyle.
Posee, además, esta entrega la virtud de hacer buena (o mejor) la anterior Sherlock Holmes y la boca del infierno. Una historia aquella que, de no haberse convertido entonces en un volumen quizá algo excesivo en tamaño, hubiera ganado con su publicación conjunta con el que estamos tratando, pues se dan aquí respuestas a muchas cuestiones allí planteadas. Todas las piezas van encajando y el lector descubre que no todo era gratuito y de esta forma cosas que habían quedado en el aire, como inconclusas, terminan ahora encajando cual si de piezas de un complejo puzzle se tratase. La insatisfacción que, al menos en mí, había causado La boca del infierno, se transforma así en satisfacción plena cuando el lector descubre que, al contrario de lo que sucedía en la anterior entrega, aquí nada sobra si sabes entrar en el juego de referencias propuesto por Martínez.
Las páginas de El Heredero de Nadie destilan un profundo amor por las lecturas de la infancia - adolescencia - juventud del propio autor en un texto plagado de homenajes y alusiones, no solo a los muy evidentes superhéroes de la DC, sino a escritores como Julio Verne (padre intelectual del propio Nadie original), al muy evidente Conan Doyle, a las historias de espías, de Fu manchú y de tantos otros “clásicos populares”. Una extraña amalgama que, a pesar de lo heterogéneo de sus componentes, consigue atrapar el interés del lector (supongo que sobre todo de aquel que creciera compartiendo unas referencias similares a las del autor) en las redes de esta mega conspiración mundial que llegará a mostrarse (como bien dice el título de la parte 4) como un auténtico “juego de cajas chinas”, donde las revelaciones, descubrimientos y aparentes avances de los protagonistas tan solo conducen a un misterio mayor sobre quién tira en realidad de sus hilos. La sorpresa está garantizada.
Broche de oro para la serie y para la aventura holmesiana de Rodolfo Martínez. Un placer.
Rodolfo Martínez.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Bibliópolis. Col. Bibliópolis Fantástica # 54. Madrid, 2007. 250 páginas.
Tercera incursión de Rodolfo Martínez en su particular recreación del mundo de Sherlock Holmes, tras La sabiduría de los muertos y Las huellas del poeta, y quizás la más inesperada al adelantarse a la anunciada Sherlock Holmes y el heredero de nadie. El propio autor relata al principio del libro la anécdota de cómo llegó a conocer
Dejando atrás este, sin duda, importante escollo, es de agradecer que Rodolfo Martínez no deja a un lado su buen hacer prosístico al que nos tiene habituados y lleva a cabo un buen ejercicio literario con el material del que dispone. Así, la historia se compone de tres partes con tres narradores diferentes (que se nos presentan como manuscritos o testimonios recibidos por el autor desde distintas fuentes) con estilos divergentes entre sí, de manera que parezca que, en efecto, están relatados por los diferentes protagonistas de los sucesos narrados. Asistimos a distintas voces, desde la del propio doctor Watson, con esa conseguida imitación del estilo de Conan Doyle (como ya hiciera en las dos anteriores) hasta la del antiguo irregular de Baker Street, Wiggins, que por momentos nos trae reminiscencias de Corso, el inquietante protagonista de su novela El abismo te devuelve la mirada (¿es casualidad que precisamente esa frase salga casi literalmente citada por Holmes en el interior de este libro? ¿Autorreferencialidad?) y que se convierte de alguna manera en un brillante homenaje a Rafa Marín y su también holmesiana novela Elemental, querido Chaplin (muy recomendable, por otra parte) de la que toma prestados algunos elementos encajándolos de forma perfecta en la trama.
Del mismo modo, el autor recupera personajes y hechos de las anteriores novelas para darles aquí un nuevo y mayor protagonismo. Caso especial es el de su particular “Superman”, que salido de las páginas de Las huellas del poeta, toma sobre sus fornidos hombros una mayor importancia y se convierte en parte esencial de la narración; si bien es cierto que a Martínez le viene de maravilla para poder justificar algunos de los saltos sin red que se producen en la historia y de los que difícilmente podría haber salido de otra manera. En este especie de homenaje a uno de sus personajes de cómic preferidos, Martínez dota de muchas (quizá demasiadas) similitudes a su “creación” con la del personaje creado por Shuster y Siegel; cosa que sin duda gustará a los seguidores del autor asturiano, conscientes sin duda de sus filias, pero que me consta que defrauda en cierto modo a los aficionados más “canónicos” del detective británico. Si ya en las novelas anteriores la presencia de los dioses primigenios salidos de la obra de Lovecraft rompían con el corpus holmesiano más “tradicional”, su unión aquí a la abierta intervención del superhombre aparta a
En definitiva, se trata de un libro plagado de autorreferencias (incluso algunas al todavía no publicado El heredero de nadie), continuista con lo conocido en las anteriores entregas, que habría ganado bastante de no haberse estirado y haberse quedado en un formato más contenido, pero que no defraudará a los seguidores de la serie (aunque no sea aconsejable para quienes no hayan leído los anteriores dada la peculiar idiosincrasia particular de la misma, plagada de detalles y referencias provenientes de anteriores novelas).