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lunes, 30 de enero de 2017
Reseña: Patria
viernes, 28 de mayo de 2010
Reseña: El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas. Haruki Murakami.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Tusquets editores. Col. Andanzas # 705. Barcelona, 2009. Título original: 世界の終りとハードボイルド・ワンダーランド (Sekai no owari to Hādoboirudo Wandārando). Traducción: Lourdes Porta. 484 páginas.
Esta novela fue publicada originalmente en 1985, siendo la cuarta en la bibliografía del autor, pero en la que ya apunta toda la riqueza temática de su particular y algo surrealista universo, aunque el pulso aún le tiemble en ciertos pasajes no tan redondos y conseguidos como en obras posteriores. La novela se compone en realidad de las dos historias que ya da a entender el propio y largo título, narradas en capítulos alternos en primera persona por un o unos protagonistas sin nombre y que, a pesar de la muy diferente ambientación ―casi cyberpunk en uno, fantasía en el otro―, las pistas que va dejando caer Murakami pronto harán evidente en la mente del lector que, como era de esperar, están mucho más relacionados de lo que en un principio podría parecer.
En Un despiadado país de las maravillas el protagonista es un calculador, un informático convertido en una especie de procesador andante con una mente única modificada para el cifrado e interpretación de datos. Este individuo trabaja dentro del gubernamental Sistema, en contraposición a los ilegales Semioticos ―ladrones y traficantes de información―, cuando recibe un inusual encargo que le llevará a realizar un trabajo para un anciano científico, coleccionista de todo tipo de cráneos de animales y humanos, que investiga sobre las propiedades del sonido en un laboratorio secreto oculto una demencial red de alcantarillado de Tokio donde pueblan los «tinieblos», y ayudado por su, como poco, peculiar nieta.
En El fin del mundo un individuo amnésico llega a una ciudad amurallada de la que ya no podrá volver a salir. Antes que nada le es arrancada su sombra y sus ojos son modificados mediante cortes de cuchillas, para a continuación ser enviado a la biblioteca del lugar con la tarea de trabajar como «lector de sueños» interpretando aquello que se encuentra dentro de los cráneos descarnados de los unicornios dorados que pululan por los terrenos de la ciudad.
Las dos historias finalmente confluyen, como no podía ser de otra manera y las muchas pistas ―los recurrentes clips, los cráneos de los unicornios, las bibliotecarias, el propio nombre instalado en el cerebro del calculador...― ya hacían sospechar, en una historia que se revela dedicada a investigar la psique humana, los estados de la conciencia, la disociación de la personalidad y las elecciones vitales entre lo interno y lo externo. Y el autor lo hace mediante una trama paradójica en muchas ocasiones, surrealista, enormemente visual, con toques de absurdo y una poderosa prosa que incluso en los momentos más dementes consigue conectar la mente del lector con lo narrado de un forma maravillosa. Y eso que, como digo, esta no es ni mucho menos la mejor novela de Murakami y que presenta unos cuantos defectos que no impiden, sin embargo, el pleno disfrute de la trama. Su lectura permite al lector vislumbrar la fértil imaginación del autor ―que se irá afinando en obras posteriores―, dejando algunos toques magistrales, sobre todo en el componente más onírico de la narración. Que serán explotados más a fondo en obras posteriores.
El juego psicológico, una vez analizado en profundidad, puede ser algo abrumador, dando posibilidad a múltiples interpretaciones, estableciendo una lucha incruenta entre la mente consciente y el mundo «real» contra el subconsciente y sus «creaciones». Una lucha donde queda claro que todo lo que se hace, todas las relaciones que se establecen, las decisiones que se toman en cada situación particular influyen en lo que cada cual va a ser, en lo que se interioriza, en esos deseos y sueños que muchas veces ni siquiera se confiesan a uno mismo. El lector se embarca así en una búsqueda del auténtico yo a través de una exploración interior, de la propia mente y de todas las circunstancias que la conforman.
Hay que saber entrar en el particular universo onírico del autor. Hay que aceptar cierto grado de absurdo y de comportamientos peculiares, aunque una vez que se deja atrás la superficie se encuentra a unos personajes muy humanos que nos hablan de nosotros mismos a través de la abstracción de sentimientos y de sus formas de actuación. A pesar de lo pusilánime que pueda resultar en ocasiones el calculador, con sus pequeños anhelos, su continuo pensamiento sexual y sus miserias alcohólicas, es difícil no identificarse de alguna manera con su lucha por salir adelante y conseguir vivir su vida en paz.
A otro nivel, el lector de sueños no desiste en su intento de salir de la ciudad amurallada ―también sin nombre―, a pesar de que le han dejado bien claro que se trata de una misión imposible, y pone todo su empeño en encontrar un mínimo resquicio mientras intenta cumplir con su función dentro de la extraña sociedad de la ciudad de El fin del mundo sin siquiera comprender lo que se encuentra haciendo. A pesar de que todo le indica lo inalcanzable que es su tarea el no ceja en sus intenciones, en lo que no es sino un triunfo de la voluntad humana sobre la realidad que los sentidos le muestran. Y es que está novela también trata sobre la percepción de las cosas que nos rodean, de las interpretaciones que asignamos a lo que vemos, a lo que sentimos, a lo que vivimos. Es una novela sobre el ego, sobre las fascinantes posibilidades de la mente, sobre la consciencia y el subconsciente, sobre la información y el poder que da su posesión; una exploración del yo, de cómo se encuentra determinado por los recuerdos y experiencias que conforman una vida, de cómo se conforma un individuo, de cómo se desarrolla la personalidad, y de la naturaleza de la identidad.
Murakami escribe prácticamente hasta el final dos libros distintos, uno de ritmo rápido ―aún con muchos altibajos que impiden que esta sea una obra «redonda»― con raíces prácticamente cyberpunk y ciertos componentes de novela negra ―impagables los dos matones, el canijo y el gigantón, que hacen la vida imposible al protagonista― y otro mucho más reposado con una fantasía surrealista donde conviven animales mitológicos con fábricas abandonadas en una ambientación cerrada, claustrofóbica y muy sugerente. En ambos casos se establece una carrera contra el inexorable paso del tiempo, frenética en el primer caso, mucho más pausada en el segundo, para resolver ciertas preguntas que quizá ni siquiera tengan respuesta ―y si la hay, desde luego no es la que el lector espera―. Tienen ambas partes un toque de comedia absurda, con ramalazos de humor grueso que a veces se muestra incluso hiriente y unas continuas referencias sexuales que terminan no obstante por convertirse en algo cargantes. Las dos líneas acaban finalmente convergiendo, por supuesto; de hecho, es fácil darse cuenta de lo que relaciona a ambas desde muy pronto e incluso imaginar qué es cada mundo ―sobre todo en cuanto sepamos cómo se llama el «programa» implantado en la mente del calculador― antes de que se unan, pero eso no les resta ni un ápice de interés.
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas es una novela sobre la identidad y de cómo la misma nos hace relacionarnos con el mundo que nos rodea, con la gente con la que convivimos. Cierto que no es tan redonda ―ni mucho menos― como obras posteriores del autor, pero sirve como anticipo para dejarse atraer por novelas más recientes. Funciona a muchos niveles y es el lector quien debe decidir si se encuentra satisfecho con lo que el autor le ofrece. El particular universo de Murakami y su forma de narrar no son fáciles, y aquí todavía se encuentran en «rodaje», así que el resultado puede resultar indigesto para según que lectores. Hay que aceptar sin cuestionarla su particular coherencia interna, su introspección ―no es un libro de acción en absoluto, aunque algo haya―, su amplio contenido metafórico, sus poderosas imágenes, sus gentes extrañas y las paradojas a las que se enfrentan sus protagonistas. Si se consigue subir con el calculador en ese extraño ascensor en el que se encuentra de inicio, caminar por el desnudo y largo pasillo, y descender por los túneles que le llevan al subsuelo de Tokio ante la presencia del anciano científico, todo lo demás viene rodado. Una vez atrapado por ese principio ya no se podrá dejar. Si no es así, quizá sea que el surrealismo de Murakami no sea lo suyo, y es que también es cierto que no es un novelista para todos los gustos y para ciertos paladares puede hacerse un tanto cuesta arriba. O será que lo ha probado poco.
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Reseñas de otras obras del autor:
Kafka en la orilla.jueves, 24 de abril de 2008
Reseña: Sauce ciego, mujer dormida
Haruki Murakami.
Reseña: Santiago Gª Soláns.
Tusquets editores. Col. Andanzas # 649. Barcelona, 2008. Título original: Mekurayanagi to, nemuru onna. Traducción: Lourdes Porta (del prólogo: Jordi Beltrán). 386 páginas.
Siempre me ha parecido complicado hacer una reseña sobre una antología de relatos, sobre todo porque es muy difícil que todos ellos mantengan un mismo nivel. En este caso, sin embargo, con sus altibajos inevitables, los 24 cuentos incluidos en Sauce ciego, mujer dormida, se defienden juntos y por separado como una lectura plena y atractiva. Abarcan los mismos un amplio periodo de la producción de Haruki Murakami, desde 1983 hasta 2005, lo que permite hacerse una buena idea del devenir de la carrera literaria del autor.
Todos los relatos, a pesar de su enorme variedad (muchas veces fruto de la fusión temática entre oriente y occidente que tan brillantemente cultiva este autor), parecen partir de un hecho cotidiano, cercano, para de una forma absolutamente natural desgajarse en cierto modo de la realidad y mostrar al lector una esquina de su mundo que no se esperaba. Un suceso enigmático, una decisión inesperada, algo que se sale fuera de lo común, cualquier pequeña cosa puede dar lugar a lo narrado. Los toques fantásticos que contienen muchos de ellos están asumidos como si no fueran nada en absoluto extraordinario; como si no debieran llamar la atención, sino aceptarse como una faceta más del diario discurrir de sus protagonistas. Muchos relatos, como gajos de la existencia, ni siquiera tienen un final definido, sino que continúan su historia más allá de las páginas del libro.
El lector se encuentra ante auténticos retratos, fotografías en movimiento, tanto de personajes, como de motivaciones o sensaciones. De alguna manera se produce el encuentro con lo extraño, rompiendo la cotidianidad, pero en vez de tratar de aventurar una explicación al suceso, simplemente el autor se hace eco del mismo (hay un recurrente uso de la primera persona, como si se quisiera acercar mucho más a lo narrado) con naturalidad, sin ofrecer respuestas, sino tal vez buscando que el lector se involucre y elucubre sus propias deducciones. Muchas veces, ni siquiera existe ese intento, sino que busca tan sólo provocar un sentimiento, una emoción evocada por las palabras.
Quizá como hilo conductor entre todos ellos, es inevitable darse cuenta de la existencia de una profunda reflexión, a veces irónica, a veces casi filosófica, sobre el propio acto creativo, sobre la escritura principalmente, ya que es indudablemente lo que más de cerca toca al autor, pero también sobre otros ámbitos como pueden ser el mismo acto de la lectura, la pintura o la música (ese jazz que parece impregnar todas las páginas del libro, aunque tan sólo se mencione en unos pocos relatos). Existe un deseo subyacente de querer transmutar la realidad por la creación, de alcanzar un lugar “ideal”, que quizá no lo sea tanto.
Si hay un elemento que se puede decir que es prácticamente inherente a todos los cuentos es el surrealismo, rozando desde lo humorístico (“Somorgujo”) hasta lo grotesco y visceral (“Cangrejo”), ofreciendo siempre una peculiar poesía con las imágenes que se van abriendo ante la mente del lector. Así se puede rastrear en “La tía pobre” (que une ambas cosas, creación y surrealismo, al hablar de un hombre que tiene que acarrear sobre su espalda a la tía pobre del título, creada por su mente sin saber muy bien cómo y al que todos le dan consejos sobre cómo debería librarse de la misma), o en “El mono de Shinagawa” (quizá uno de los más bellos relatos de la antología) o en “La piedra de riñón que se desplaza día tras día” (y creo que el título ya es bastante explicito) o en “Conito” (donde los cuervos hablan, convertidos en descerabrados críticos)…
Pero encontramos muchos temas o reflexiones más aparte de los ya mencionados. En “Hanalei Bay” el autor da muestras de una profunda humanidad y empatía, a la vez que nos muestra la manera tan simple en que se forman los mitos. En “El espejo” ofrece un toque de terror (más de ambiente que de susto) al enseñar cómo lo sobrenatural puede entrar sin aviso en la vida de uno de la manera más simple. Hay historias que se cuentan dentro de las historias, como la que da título al volumen, “Sauce ciego, mujer dormida”, donde el desasosiego generado por las circunstancias extrañas domina el intelecto hasta que se recupera lo cotidiano; y en el lado opuesto “La chica del cumpleaños” muestra cómo ese mismo encuentro con lo extraño, lo que te aparta del habitual discurrir de tu vida, te cambia y te transforma en cierto grado, de forma que a pesar de seguir siendo la misma persona, ya eres alguien distinto.(genial el detalle de ni siquiera desvelar el deseo solicitado). Todos los relatos tienen un toque poético, mayor o menor, pero siempre presente, un sentimiento evocador, una belleza intrínseca, una fuerte carga emotiva que tanto puede ser de esperanza (impresionante en su brevedad, “Un día perfecto para los canguros”) o de indefensión y repulsa (“Nausea,
Dentro de la enorme variedad temática, imposible de acotar al igual que es imposible circunscribir los relatos a un género concreto, el autor mantiene varias constantes, como pudiera ser el recurrente y ya mencionado uso de la música, o la presencia del mar, concurrente en tantos de sus relatos que se convierte en un protagonista más, con personalidad propia, desencadenante o testigo de los hechos; como en “El séptimo hombre”, donde la pena y la culpa impiden el acceso a la redención, a la concesión del perdón para uno mismo. La mezcla es continua, el surrealismo siempre presente se hace ciencia ficción en “El hombre de hielo” (donde el protagonista es literalmente lo que sugiere el título) o el relato de viajes y búsqueda interior se transmuta en misterio en “Los gatos antropófagos” (donde lo extraño puede estar tanto fuera como dentro de uno, y las dimensiones pueden confundirse)…
Sauce ciego, mujer dormida es, en definitiva, una colección de relatos para paladear con calma, para disfrutar de las sensaciones que crean en la mente, y a los que volver pasado un tiempo a seguir descubriendo todo aquello que una primera lectura no ha dejado al descubierto, que seguro que es mucho. Se obtienen más preguntas que respuestas, pero merece la pena, al fin y al cabo son relatos como la vida misma.
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Reseñas de otras obras del autor:
Kafka en la orilla.El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.
miércoles, 3 de enero de 2007
Reseña: Kafka en la orilla
Kafka en la orilla.Haruki Murakami.
Reseña de: Santiago Gª Soláns.
Tusquets editores. Col. Andanzas # 618. Barcelona, 2006. Título original: Umibe no Kafuka. Traducción: Lourdes Porta. 584 páginas.
Se me hace difícil definir esta novela. Me vienen muchos adjetivos a la mente cuando pienso en su lectura: rara, extraña, onírica, surrealista, insólita, extravagante…, pero creo que ninguno de ellos hace justicia real a su contenido.
Es una novela compleja, compuesta de dos historias principales que aparentemente van confluyendo: la del joven de quince años Kafka Tamura que huye de casa por las malas relaciones que mantiene con su padre y la del anciano Satoru Nakata, que sufrió un extraño accidente (si es que se puede llamar así al inexplicable e inexplicado episodio) cuando era un niño durante
Y es que de imaginación precisamente se trata, de cuando el mundo de los sueños, plenamente simbólico, se inmiscuye en nuestra realidad y le da la vuelta. Kafka Tamura va huyendo de una profecía pronunciada por su poco querido padre y es su huida la que precisamente puede provocar que la misma se cumpla, aunque no en el sentido estricto de la letra en que fue formulada. Nataka se ve inmerso en una historia que no es la suya, pero que le arrastra y le aparta de lo poco que conoce, le quita lo poco que tiene y lo lanza a un mundo desconocido con unos poderes extraños y poco útiles, que sin embargo le servirán para ir sorteando los problemas que se le plantean por el camino.
En esta historia de gran contenido fantástico, donde las cosas imposibles se contemplan con una sorprendente naturalidad, parece que al autor le interesan más las poderosas imágenes que va conjurando para narrarnos los acontecimientos que el lugar a donde conduce la historia. Las metáforas se van sucediendo, los significados ocultos, los simbolismos a desentrañar y que van creando, ladrillo a ladrillo, el camino de una sola dirección que desembocará en el inevitable final.
Es una novela escrita para evocar sensaciones, para fomentar sentimientos, para remover las entrañas y el poso de los recuerdos. Como no es una novela realista, tienen lugar muchas cosas inexplicables; pero como tampoco es una novela fantástica al uso lo que nos encontramos es que no se plantea una lógica propia y no trata de explicar, al menos internamente dentro de la trama, las cosas extraordinarias que se van sucediendo. Simplemente son algo que ocurre y hay que aceptarlas tal como vienen; si el lector no lo hace no podrá entrar en la dinámica de la novela, en el mundo onírico y simbólico donde Kafka Tamura y sobre todo Nakata viven sus vidas sin cuestionárselas.
La prosa de Murakami es preciosista, llena de bellas palabras y bellas imágenes, recreándose en el verbo y en el adjetivo preciso. Los diálogos son incisivos, muy bien llevados y no exentos de un cierto tono de humor que ayuda a sobrellevar las cosas a veces un tanto absurdas que se nos están narrando. Hay fantasmas pululando por sus páginas y piedras que son puertas y gatos que hablan y marcas comerciales arquetípicas que cobran vida para impulsar las acciones de algunos de nuestros protagonistas o de sus secundarios. Hay un bosque en el corazón de una montaña que me ha recordado poderosamente al Bosque Mitago. Hay una biblioteca donde todos los que amamos los libros estaríamos dispuestos a pasar una temporada. Hay sueños que merecen la pena ser soñados y otros que murieron por que dejaron de creer en ellos. Hay una historia de amor inacabada llamada a desgarrar el corazón y una segunda llamada a reparar los corazones…
E inseparablemente unido a todo ello hay quizás un exceso de páginas que lastra la narración y que hace que avancemos con excesiva lentitud hacia la confluencia final de todas las historias que se nos han ido presentando; las de nuestros dos protagonistas y las de otros variopintos personajes que han ido apareciendo y adquiriendo desigual importancia en los hechos. El autor parece que se ha dejado llevar por la desbordante imaginación, por la cascada de imágenes que llenaban quizás su mente y ha alargado me parece que innecesariamente la que de otra manera más contenida hubiera sido una historia excelente. Es sin embargo un libro recomendable, sobre todo para todos aquellos que aún sospechen que hay mucho más en el cielo y en la tierra de lo que la realidad esconde…
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Reseñas de otras obras del autor:
Sauce ciego, mujer dormida.El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.
